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  • La niña infeliz
    Érase una vez una niña que a los siete años se volvió infeliz, y que espera cumplir 18 en diciembre para superar esa infelicidad. 
    Todo lo apuesta a una cita con el placer. El día de su cumpleaños hará el amor con su novio. Tiene estos meses para superar el miedo, el pánico de que un hombre la bese y toque su cuerpo. 
    Ella, cuyo nombre no importa pero sí su historia, fue violada a los siete años por un desconocido, y luego a los 13 por el esposo de su tía, que amenazó con matarla si contaba lo que sucedió. 
    Ella toma fuerza y lo cuenta, y sigue viva, pero como un zombi que transita muerta entre la gente, tratando de ser modelo, trabajadora de un almacén, hija, estudiante, pero sin mucha suerte, porque le violaron la felicidad.
    Espera que en diciembre, haciendo el amor, se cumpla por arte de magia el milagro de echar tierra al pasado de ultrajes, y que por sus poros surja el deseo y placer que están castrados. Ella no ha disfrutado la delicia de un beso. A los 16 años tuvo un enamorado al que no permitía que le acariciara el cabello, menos que la besara, porque inevitablemente empezaba a llorar. Siempre el miedo.
    El muchacho se cansó del papel que hacía de novio a distancia. Ella dice estar ahora enamorada de su segunda pareja, quien la comprende y ha llegado a probar sus labios, pero son besos fríos, sin alma. Besos que no son besos. Lo que los une es la promesa de que después de diciembre todo cambiará.
    Érase una  niña de siete años que jugaba una tarde con una pelota en el patio de su casa con sus hermanos. Era una niña como todas, hasta que el balón cayó en un patio vecino que estaba abandonado. Ella lo fue a buscar. El recuerdo es vago, una mano grande tapó su boca. Al día siguiente su familia la encuentra desmayada. No hubo denuncia. Lo que pasó quedó en familia. Desde entonces nada fue igual, la niña se volvió silenciosa, tímida y a veces ausente.
    Seis años después el abuso tiene rostro. Su tío político de 30 años la viola. Nuevamente una mano tapó sus gritos de auxilio. Llorosa cuenta a su madre lo que pasó. Él lo niega, dice que son inventos de la niña. Una prueba médica comprueba la violación. 
    No hay cárcel, el hombre huye y ella debe acudir regularmente a visitar una sicóloga. Pero las terapias no curan las heridas del alma. Es la cruz que lleva a cuestas.
    Érase una vez una adolescente de 15 años que fue acosada por su hermano de 14. Ocurrió una tarde, ella dormía en la cama y el muchacho silencioso se acuesta y comienza a acariciar sus muslos. La mano iba subiendo, hasta que ella grita y su hermano se marcha.
    Ella le cuenta a su madre, quien dice que son “cosas de muchachos, juegos de hermanos”. Ella mira a su hermano desde entonces con recelo.
    Ahora sus padres esperan que rápido la hija se haga mujer, encuentre un hombre y se case, para que así se le olviden los miedos que empezaron a los siete años.
    Ella quiere terminar su historia como un cuento de hadas. Quiere que llegue diciembre, que su novio la bese y olvidarse de todo, especialmente del miedo. Que sea el beso de la felicidad.

  • Los adorables vecinos
    En mi primera experiencia como inquilino recibí un gancho al hígado. Y eso pese a que el encargado del edificio fue claro y creíble en las normas de convivencia, “no se aceptan mascotas, tampoco fiestas, ni bulla en la madrugada”. Con mi pareja estuvimos de acuerdo.
    En un par de días hicimos la mudanza y el primer inquilino en recibirnos fue el perro del vecino. Estaba en su puerta con el plato de comida vacío. El viejo pastor siberiano era manso como una paloma y ese día apestaba a mil demonios. Para ser sincero, casi siempre estaba limpio y oloroso como bebé.
    Nunca lo escuché ladrar, pero sí aullar. Dicen que los perros domesticados lanzan aullidos de soledad. Si un perro aúlla con insistencia puede que se sienta solo; es su forma de llamar al resto de la manada.
    El pastor siberiano aullaba, especialmente, al mediodía y lo secundaba su dueño con su música estridente. Boleros, salsa, baladas y rancheras iban desfilando como en una pasarela de dos y tres horas de duración. Y el concierto no se quedaba en el departamento para molestar los tímpanos de la esposa y dos hijos, sino que quería que todos los vecinos conocieran de sus gustos musicales.
    Pese a esas molestias era tolerable vivir en el lugar, hasta que una mañana, antes de la siete, otro concierto despertó a todos. Empezó a escucharse en la terraza una lluvia de martillazos. Con los días se unieron los gritos de los obreros, luego el sonido de la concretera y más y más martillazos.
    La terraza tenía vida y nunca a los que vivíamos en el edificio nos comunicaron de los trabajos. Nos enteramos sólo que iban a construir más departamentos y eso significaba tres meses de ruido. Al final, con mi pareja decidimos hacer maletas y marcharnos. Allí se quedó aullando el pastor siberiano.

    los ojos de los vecinos. Esto de la relación con los vecinos es complicado. Hay quienes creen que la mejor manera de vivir en paz con los vecinos es no tenerlos.
    Una señora llama a La Marea a quejarse. “Mi vecino tiene la mala costumbre de pasearse en calzoncillo por el patio, sin respetar a las mujeres que vivimos allí”.
    En otra ocasión llamó un lector a decir que dos vecinos se fueron de golpes porque el uno se cree “más gallito de pelea que el otro” y eso tiene cansado al barrio que siempre ha sido tranquilo.
    Y un amigo me cuenta que al departamento donde alquila llegaron técnicos de una empresa de televisión por cable a reclamarle porque está conectado sin pagar el servicio.
    Mi amigo les explica que reconoce su error, pero no es él quien se conectó, sino desde que llegó a esa casa estaba ese servicio y le cancela 10 dólares al dueño del inmueble por aquello.
    Un técnico le responde que fue el propio dueño que lo culpa a él de conectarse.
    Y ayer volvieron a llamar a La Marea, una señora de Los Esteros dice que hay dos chicas “jóvenes que llevan tres meses viviendo y son prostitutas porque en el departamento sólo entran hombres”.
    Alguien dijo una vez que el amor es ciego, pero los vecinos no.