Desde hace algunos años se habla de discriminación y sexismo en el lenguaje. Se han organizado foros, discusiones, seminarios, charlas informativas y todo tipo de eventos para convencer a quienes escriben de que el lenguaje que se utilizaba hasta hace poco es excluyente.
Se afirma que se debe escribir “niños y niñas”, “ciudadanos y ciudadanas”, “alcaldes y alcaldesas”, en lugar de los genéricos niños, ciudadanos y alcaldes, por citar ejemplos.
El asunto no es tan fácil. Es polémico. Hay gente a favor y gente en contra. No se puede ser neutral porque las palabras son un elemento de uso diario.
Es necesario entender que el lenguaje no discrimina. Lo discriminatorio está –aparte de las acciones- en la mentalidad de quienes lo utilizan.
Va tomando fuerza la tendencia a particularizar el discurso. Lo genérico no sirve porque discrimina. Hay que desmenuzar los vocativos.
No nos extrañe que en el futuro haya que iniciar un discurso con algo parecido a esto: “Señores alcaldes, señoras alcaldesas; niños, niñas, jóvenes, señoras, señores, adultos y adultas mayores, personas con capacidades especiales, blancos y blancas, negros y negras, mulatos y mulatas, mestizos y mestizas, gente de todas las razas: nosotros los hombres y las mujeres estamos preocupados y preocupadas porque los agricultores y agricultoras de nuestra Patria no pueden criar gallos, gallinas, chanchos ni chanchas para alimentarse. La pobreza es tal que ellos y ellas sólo pueden sembrar porque el dinero no les alcanza. Eso los lleva a caer en las garras de chulqueros y chulqueras que prestan el dinero a cambio de altos intereses…”.
Entonces se crearía una gran torre de Babel. Todos, porque nadie es idéntico al otro, tendrían derecho a exigir que se los tomara en cuenta para no sentirse discriminados.
Hasta se comenzarían a crear vocablos. Al fin de cuentas, si existen las madréporas también debería haber padréporos; si hay economistas también se graduarían economistos; si las periodistas escriben noticias, los periodistos también. Si me insultan a la madre, también puedo insultar al padre.
El lenguaje es lenguaje. Lo demás –hablando de este caso- es político. Nada más.